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Sin luz al final del túnel

Por Carlos Condori Castillo, antropólogo y periodista ayacuchano.

Los partidos políticos ya se encuentran, de hecho, iniciando la campaña electoral a menos de un año de los comicios que definirán la elección del próximo presidente o presidenta, así como de congresistas. Meses después, el proceso continuará con la elección de gobernadores, consejeros y alcaldes en todo el país.

El calendario electoral está definido, pero lo que aún no está claro es el destino de los actores políticos. En un escenario con más de 43 partidos registrados —incluidos nuevos inscritos—, la gran mayoría enfrenta el mismo dilema: superar la valla electoral y no desaparecer del registro partidario. Solo un reducido grupo de cuatro o cinco agrupaciones tiene una base suficiente para no preocuparse por la valla, y más bien concentra sus esfuerzos en alcanzar el poder Ejecutivo y el control del Congreso.

Ese fue, precisamente, el dilema de Perú Libre, antes denominado Perú Libertario, cuyo objetivo principal era conservar su inscripción. Para ello, recurrieron a un rostro con proyección sindical: Pedro Castillo, un maestro con visibilidad gremial que ayudó a movilizar votos. De otro modo, nunca habría sido candidato. El líder natural del partido era, sin duda, Vladimir Cerrón. La figura de Castillo fue útil hasta que ganó; después fue marginado, revelando la fragilidad de su identidad política dentro del propio partido.

Hoy se vive una situación similar, pero más extendida. Los partidos buscan alianzas electorales que cambian de un día para otro. No hay principios ideológicos o programas que sustenten estas uniones, solo cálculos de conveniencia. Y como el horizonte es siempre inmediato, todo proyecto de largo plazo termina reventando ante la urgencia de conseguir candidaturas preferenciales o espacios de poder.

Esta precariedad afecta tanto a derechas como a izquierdas, que ya no representan posiciones ideológicas coherentes, sino una diversidad de intereses fragmentados. Algunos incluso reniegan de su identidad política original con tal de no perder vigencia. El objetivo ya no es representar al país, sino sobrevivir electoralmente, asegurando una cuota mínima de poder en el Ejecutivo o el Congreso.

Esto se refleja con claridad en las tensas negociaciones por la nueva Mesa Directiva del Parlamento. Las alianzas son circunstanciales, sin coherencia ni compromiso programático. La situación es aún más crítica entre los sectores que se reivindican de izquierda, hoy marcados por la dispersión y el oportunismo.

En este contexto, la ciudadanía observa con confusión y escepticismo. Muchos esperan, como decía Martha Hildebrandt, las cartas del menú para elegir «lo menos peor». Luego, el elegido invocará la «voluntad popular» para justificar sus actos, sean estos legítimos o no. La soberanía del voto se convierte, así, en una coartada para decisiones que suelen responder a intereses personales o de grupo.

Ese dilema no ofrece luces al final del túnel. Más bien, lo que se vislumbra son reflejos difusos, caminos truncos y ausencia de horizontes comunes. Sin visión de largo plazo ni compromiso con el bien común, el sistema político sigue atrapado en un ciclo de improvisación y desconfianza. Un dilema verdaderamente preocupante.

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