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Amnistía sin perdón es impunidad

Por Carlos Castillo Condori
No hay ser humano en el mundo que aspire a un escenario de confrontación violenta, sobre todo cuando se trata de los suyos: familiares, hermanos, seres queridos. Más allá de toda nuestra historia marcada por la violencia, que ahora parece azotarnos mucho más, siempre aspiramos a la paz, para que, en comunidad, en comunión, en sociedad, podamos desarrollarnos como seres humanos integrales. Sin embargo, diversas circunstancias, desde las propias humanas hasta los grandes intereses siempre en juego, hacen que esta aspiración no sea posible, aunque gracias a la institucionalidad, el protagonismo importante de la sociedad puede ser controlado .

Particularmente, los años de violencia nos han fracturado aún más. El mensaje senderista no era más que un profundo desprecio a la vida humana, lo que sus hechos demuestran en todos los espacios y escenarios posibles. Convirtieron a las poblaciones más humildes y vulnerables, andinas y quechua hablantes, en verdaderos escudos humanos. Llegaron con armas para decir que «nunca llegaría ni el ejército ni la policía, puesto que acabarían con ellos»; cuando a la menor noticia de la presencia de las fuerzas del orden, escapaban con armas en la mano, dejando a las poblaciones expuestas al otro terror de esos tiempos: increíblemente, el ejército y la policía nacional. Duele decirlo, pero esa es la realidad.

Y, así como las poblaciones tuvieron en sus comunidades a los senderistas que hablaban de justicia, revolución y acabar con la pobreza, también serían llamados senderistas, terroristas, sin haber participado o actuado en nada, y serían castigados con violaciones a todas las mujeres en muchos casos, castigos inhumanos y asesinatos a centenares en lugares difíciles de imaginar, como el propio cuartel de Ayacucho, convertido en un verdadero cementerio.

Es cierto que pudieron confundirlos con una estrategia cobarde del senderismo, pero nada justifica todas las atrocidades cometidas. No son todos los casos; no todo el ejército ni los altos mandos están o deberían estar en los tribunales, pero todos sabían lo que ocurría. No lo son y en muchos, como Putis, aún no están identificados, pero se sabe quiénes son de acuerdo a los propios partes militares.

Los que participaron directa o indirectamente en estos hechos sabían que no se podía hacer lo que estaban haciendo, pero aun así , estaban convencidos de que nunca, nadie podría revelar esos hechos ignominiosos, peor aún tratando con humildes campesinos quechua hablantes con sombrero y ojotas y, más aún, protegidos por los altos mandos.

Nadie puede dudar del esfuerzo y sacrificio de muchos efectivos de la Policía y el Ejército, que no solo dejaron a sus seres queridos, sino que se internaron en lugares totalmente desconocidos con personas a quienes todos parecían sospechosos. Y probablemente, en gran parte de su impotencia, cometieron barbaridades como forma de escarmiento (igual que Sendero , que en declaraciones del propio Guzmán – que para muchos sigue siendo la cuarta espada de la revolución – en la llamada entrevista del siglo, justificaba como escarmiento todo lo que hicieron con niños, mujeres y adultos mayores en Lucanamarca).

Todos esos hechos constituyen graves violaciones de los derechos humanos, sin ninguna justificación, que merecen toda la sanción del caso, que significa justicia, distinta de la venganza. Y solo el esclarecimiento y la conciencia de estos hechos podrá no solo dejar tranquilos a los perpetradores, sino también recuperar el valor de instituciones como el Ejército , cuyo honor y gloria han sido manchados . El cuartel de Ayacucho, por ejemplo, debería ser cerrado y convertido en un escenario de paz y reivindicación de la democracia y las fuerzas armadas. Esto ¿alegraría a los senderistas, pro-senderistas, senderistas agazapados? Quizás , pero el país, el Perú, se afirmaría orgullosamente en el valor de la democracia, la vida humana, de sus instituciones tutelares, e iniciaríamos un verdadero camino de reconciliación. Lamentablemente, ni el terrorismo senderista ni la propia institucionalidad del Estado, encabezada por sus altos mandos, de ahora y otros tiempos, asumen el tema, y parece no haber perdón posible.

Las amnistías son posibles; muchas experiencias internacionales lo señalan, pero sobre la base de la justicia, que tiene que ser ágil, rápida, pero, sobre todo, el perdón sincero, para decir: basta, nunca más a la violencia, nunca más terrorismo.

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