Por: Edgar Medina
La vid ha acompañado a Huamanga casi desde su fundación. Los valles de Huamanga llegaron a extenderse por decenas de hectáreas dedicadas a su cultivo, a la producción de vino y, posteriormente, a la destilación de aguardiente de uva. Sin embargo, durante el siglo pasado, diversos factores llevaron a la casi desaparición de esos viñedos. Afortunadamente, en los últimos años ha surgido un especial interés por recuperarlos y colocar los vinos y destilados de altura en la vitrina nacional e internacional. La razón principal es que nuestra uva negra criolla es una variedad fundacional, de altura, con un sistema especial de conducción y una calidad excepcional que la hace única en el mundo de la viticultura.
En 1548, cuando el cronista Pedro Cieza de León visitó Ayacucho, además de encontrar “las mayores y mejores casas de todo el Perú”, describió que “se coge gran cantidad de trigo del cual se hace pan tan excelente y bueno que lo mejor de Andalucía”. Y agregó: “Hanse puesto algunas parras, y se cree que por tiempos habrá grandes y muchas viñas…” [1]. Y así fue.
Muy pronto, en Huamanga, ya se producía vino. El Archivo Regional de Ayacucho ha proporcionado un contrato de venta de la cosecha de Viñaca, firmado el 17 de mayo de 1585, por el cual “Sancho de Cárdenas y Jerónimo Dávila, venden a Miguel Sánchez ochenta arrobas de vino”. El historiador Lorenzo Huerta, quien encontró el documento, señala que “el auge de la plata en Potosí y del azogue en Huancavelica permitieron a Ica y Huamanga el desarrollo de las haciendas viñeras, la producción y venta de vino”. [2]
A propósito del Centenario de la Batalla de Ayacucho, el historiador Ruiz Fowler escribió: “Es de notarse que, en la ciudad de Ayacucho, fue el primer lugar del Perú donde se sembró la parra, llevándose la semilla a Ica, con la obligación de abonar un impuesto para el culto de la catedral de Ayacucho, cuya obligación ha caído en desuso hace algunos años. En Huamanga se cultiva la parra desde principio del siglo XVI. Produce alrededor de 5,000 arrobas anuales, pudiendo asegurarse que sus vinos son iguales o superiores al mejor Burdeos. En la actualidad Huanchuy, Llamoktachi, Simpapata, Viñaca, Acchapa y Totora son las haciendas más productoras de vinos, pudiendo estimarse en 1,000 fanegadas el terreno útil en las quebradas de Huanchuy, Llamoktachi, Huarpa, Las Huatatas y las riberas del rio Pampa. Cultivadas estas zonas la producción de vinos no bajaría de un millón de arrobas, que al precio de S/.5, daría 5.0000,000 de soles”. [3] Todo un tiempo en el que el vino parecía ser la solución a la crisis económica de entonces.
Mención especial merecen las antiguas familias huamanguinas que apostaron por la vid y contribuyeron a forjar parte de nuestra identidad. Entre ellas recordamos a los Farach, La Torre, Gil, Castro y Palomino, en Huanta; Jáuregui, Carillo, More, Cabrera, Arias, la orden jesuita y la UNSCH, en el valle de Ccaccañan, Muyurina, Chacco y La Compañía; las familias Escarcena, Béjar, Mujica y Pérez, en el valle de Huatatas y La Totora; así como las familias Alarcón, Loayza, Mejía y Medina, en el valle de Los Ñeques.
Es justamente en el valle de Los Ñeques, distrito de Tambillo, donde descendientes de estos antiguos cultivadores de la vid han constituido la Asociación de Vitivinicultores y Destiladores de Ayacucho (ASOVIDE). Desde allí vienen haciendo el esfuerzo de posicionar la vid como una cadena productiva en la región, compartir prácticas ancestrales, homogeneizar la calidad del producto e impulsar el desarrollo económico de las áreas de influencia. Se abre, además, la posibilidad de producir otros destilados, como vodka, gin o agave, que en distintos momentos se han elaborado en nuestra región.
La ventaja de nuestra principal uva, la negra criolla (Listan Prieto), es que, además de ser una uva fundacional —es decir, la madre de los vinos de Hispanoamérica—, se ha adaptado a nuestras alturas, al terruño y a los microclimas únicos de nuestros valles. Al ser conducida principalmente en molles, logra una concentración de taninos y antocianinas en la piel y las semillas que aportan color, estructura y aromas únicos. Esta ventaja, confirmada por especialistas como Johnny Schuler, Pepe Moquillaza y Keith Díaz, entre otros, nos reafirma que estamos en el camino correcto y que es posible rescatar los antiguos viñedos, donde actualmente, además de la negra criolla, se cultivan la uva Italia (Moscatel de Alexandria), la Borgoña, Moscatel y una variedad propia llamada Teta de Vaca.
Como, por razones de índole geográfica, Huamanga no ha sido considerada dentro de la zona de Denominación de Origen Pisco, los productores, con el respaldo de la Academia Nacional del Pisco y el Patronato Pikimachay, acordaron registrar ante Indecopi la marca colectiva “Huamanguillo” para nuestro aguardiente de uva. Así, pronto el Perú podrá tener en la mesa nuestro destilado regional “Huamanguillo” y, en un futuro próximo, nuestros vinos y derivados.
Apostar por revalorar nuestra identidad permitirá a Huamanga volver a tener vinos y destilados de calidad para su degustación, así como dar mayor valor agregado a nuestra gastronomía huamanguina, con mención especial a la elaboración de dulces de balay y el bizcochuelo. Finalmente, nos abre la posibilidad de establecer una ruta cultural asociada a nuestra vitivinicultura, gastronomía y enoturismo.
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1. Cieza de León, Pedro, Crónica del Perú.
2. Huertas, Lorenzo. Historia de la producción de vinos y piscos en el Perú.
3. Ruiz Fowler, José, Monografía histórico-geográfica del departamento de Ayacucho.
Revista Ayacucho Bicentenario | Año 4 – N° 12 | Setiembre 2026

