banner aqui

TODOS SOMOS AYACUCHO

TODOS SOMOS AYACUCHO
Por Juan Camborda Ledesma, antropólogo y periodista ayacuchano.

¿Estamos orgullosos de ser ayacuchanos? ¿Nos sentimos parte de esta región, aún sin haber nacido en ella? Tiene la ciudad de Ayacucho, que muchos prefieren seguirla llamando Huamanga, como toda ciudad cosmopolita, dos grupos de pobladores: los oriundos del lugar y los que llegaron de fuera. Los primeros tienen sus raíces más fuertes, porque forman parte de redes familiares, amicales, complementadas con sentimientos de identidad cultivados desde la niñez, la adolescencia y la madurez, mirando un pasado del que se sienten parte. Esto los diferencia de los migrantes, que llegaron a la ciudad, en diferentes momentos de sus vidas, formaron familia, lentamente se incorporaron y fueron aceptados como parte de esta sociedad. En determinado momento, la identidad del lugar de origen se va diluyendo y los “foráneos” se reclaman parte de esa nueva identidad que los adoptó.

Son varios los aspectos para la construcción de la identidad, siendo fundamental el sentido de pertenencia y de exclusión: el yo pertenezco a esta sociedad y, por tanto, soy diferente de los que no pertenecen a la misma. El segundo concepto, es el orgullo de la pertenencia. Al respecto de la identidad ayacuchana, hay dos conceptos que parecen antagónicos y no lo son, cuando se trata del nombre de la ciudad: Ayacucho o Huamanga.

La identidad huamanguina, reivindica el nombre de la ciudad y es mayoritario en los nacidos en ella, y se “sienten orgullosos de ser huamanguinos”. Este sentimiento de orgullo se sustenta en el calificativo de la muy noble y leal ciudad de Huamanga, con su arquitectura parecida al sur de España, de casonas amplias, templos y conventos. Los huamanguinos, insisten en utilizar el nombre de Huamanga, pese a que se van a cumplir 200 años del decreto emitido por Simón Bolívar, cambiando el nombre del departamento y de la ciudad, de Huamanga a Ayacucho.

“Somos ayacuchanos, pero principalmente huamanguinos”.

Enrique Moya, que fue rector de la UNSCH, señalaba con mucha propiedad, que, en Puquio, de donde era natural, cuando se referían a la capital del departamento de Ayacucho, siempre decían Huamanga, y decía que, para los ayacuchanos, Huamanga es Roma, porque todos los caminos, a comienzos del siglo XX, llevaban a Huamanga, donde se hacían los trámites de la burocracia. Y en la actualidad sigue siendo esta la denominación que prima entre los pobladores de las provincias de la región y de las provincias de Andahuaylas y Chincheros, del departamento de Apurímac: para ellos la ciudad es Huamanga y se evidencia cuando viajan hacia la capital de la región: “voy a Huamanga”. El huamanguino, entonces, es orgulloso de serlo y siempre busca diferenciarse de los otros, de los venidos de fuera.

¿Hay orgullo de sentirse igualmente ayacuchano? La música, es una de las manifestaciones que ha sido utilizada para fortalecer identidades, utilizando mensajes que pueden ser de añoranza por la distancia -basta recordar “en mi viejo san Juan”, ese bolero inmortal, que trata de la nostalgia de los puertorriqueños en Nueva York en la década de los 50 del siglo pasado.

En el Perú, existen canciones que han forjado la identidad con sus ciudades y se ha ampliado a las regiones, pero partiendo de la ciudad. El vals Melgar, que arranca con “Blanca ciudad, eterno cielo azul, puro sol” refiriéndose a Arequipa, es quizás la más conocida, pero no es la única de esa ciudad. Otras urbes, como Trujillo que en su marinera norteña pregona que “En Trujillo Nació Dios”, es otra manera de sentirse orgullosa de su ciudad. Al igual que Trujillo, Chiclayo canta “Que Viva Chiclayo”, también en ritmo de Marinera.

Más cerca está Huancayo, que no tiene la historia de Ayacucho ni el abolengo de las ciudades fundadas por los conquistadores. Fue fundada recién en 1562 como pueblo de indios, y ha devenido en la ciudad más importante del centro el país. Su canción emblemática es un huayno de los años sesenta: Yo soy huancaino.

No hay identidad con “Adiós pueblo de Ayacucho” ni “Ayacuchano huérfano pajarillo”.

Comparar “Mi viejo San Juan” con las dos canciones, que de una u otra manera simbolizan el sentimiento de los ayacuchanos frente a la ciudad de Huamanga (o Ayacucho) y a la región, nos muestra el desarraigo de quienes están fuera, y esta salida no es para buscar nuevos horizontes, con la esperanza de volver, sino de quedarse fuera, lamentando la mala suerte. “Adiós pueblo de Ayacucho, ya me voy, ya me estoy yendo. Ciertas malas voluntades, hacen que yo me retire”, esconde todo el resentimiento del expulsado, no del que parte en busca de un sueño, como dice “Mi viejo san Juan”, sino el resentimiento del que se va, para no volver.

Convertido en migrante, el resentimiento aunado a la pobreza, lo convierte en un marginado: las letras son evidentes, “Ayacuchano, huérfano pajarillo, a que has venido a tierras extrañas”. Es una nostalgia sin mirada a los recuerdos agradables, ni siquiera a la infancia, los primeros amores, las ilusiones juveniles, sino la pobreza, el dolor de la ausencia. Estas canciones no construyen una identidad fuerte, positiva. ¿Podemos decir lo mismo de Ofrenda, Plegaria, Maíz Sagrado, ¿y otras canciones creadas en la década del ochenta? Son canciones de protesta, de denuncia, por la tragedia que enlutó la región durante el conflicto armado interno.

La música es importante, porque refleja sentimientos que buscan expresarse. El arte es importante, y si tenemos una masa crítica con capacidad de creación musical, poética, artes plásticas y últimamente el cine, es necesario promover, a través de estas artes, mensajes de identidad a través de orgullo a la pertenencia. La identidad ayacuchana es una identidad colectiva, que es un “estado de conciencia”, sentimiento más o menos explícito de pertenecer a un grupo: los ayacuchanos, comunidad de la que uno se considera integrante. Esto requiere cierta unidad de intereses o condiciones presentes y futuras. No se construye exclusivamente reconstruyendo el pasado común -que no la tienen los que llegaron de fuera, aun cuando la conozcan-, sino construyendo lo que van a compartir los que en este presente se sienten ayacuchanos, el futuro compartido, en términos de Gellner: en la comunidad imaginada, la que todos juntos van a construir.

Por tanto, toda identidad, y esto incluye a la ayacuchana, no podemos entenderla como anclada en el pasado. Hemos señalado, que lo fundamental es la construcción de la comunidad imaginada, donde caben todos los que se sienten comprometidos con ese futuro. En ese sentido, nos referimos a una realidad activa, como lo es la misma sociedad, en continua transformación, tanto en sus formas como en contenidos culturales, donde el lenguaje tiene un rol importante. La región de Ayacucho, a diferencia de otras regiones peruanas, es mayoritariamente bilingüe. El quechua no se ha perdido y, por lo contrario, hay sentimientos de fortalecerla, no expresadas en discursos, sino en la música, especialmente el huayno, los carnavales, y otras manifestaciones musicales propias. Esto refuerza lo subjetivo, el sentimiento de pertenencia que liga a los ayacuchanos y los diferencia de otros, del orgullo de su bilingüismo.

Huamanguinos o ayacuchanos

Ingresamos al debate de lo huamanguino y lo ayacuchano. Hemos señalado en un párrafo anterior, que muchos ayacuchanos nacidos en Huamanga, en la ciudad se entiende, y que proceden de familias de larga data en la ciudad, se consideran huamanguinos. No sucede lo mismo con los hijos y menos nietos de los foráneos, que se han establecido en Ayacucho y han formado familia. Sus descendientes se consideran, así mismos, como ayacuchanos.

Lo huamanguino no se puede contraponer con lo ayacuchano. La identidad regional requiere de un mayor fortalecimiento, y en esos términos superar la dicotomía de los que consideran que la identidad huamanguina debilita la ayacuchana, cuando son complementarias. El huamanguino es a la vez ayacuchano, al igual que el huantino o cangallino, que reivindican la identidad provincial, fortaleciendo la regional.

La identidad regional del ayacuchano la encontramos entonces en todas las provincias. El sanmiguelino o tambino, ambos de La Mar se sienten ayacuchanos. Incluso esta identidad regional la encontramos en las provincias del sur, como Lucanas, Parinacochas o Paucar del Sarasara, con mayor conexión con Ica, donde prima sin embargo la identidad del núcleo urbano hegemónico por encima de la identidad provincial: Puquio en Lucanas, Cora Cora en Parinacochas y Pausa en Paucar del Sara Sara, que se identifican como puquianos, coracoreños o pausinos, a la vez que ayacuchanos.

A diferencia de la identidad ayacuchana, que se da con referencia a la batalla de Ayacucho, existen dos situaciones particulares y son La Libertad y Junín. Los pobladores de las provincias de La Libertad, que cambio el nombre del departamento de Trujillo por La Libertad, en reconocimiento de haber proclamado Trujillo su independencia el 29 de diciembre de 1820, no se identifican como liberteños, sino mantienen la identidad de trujillanos, que es continuidad de la denominación colonial, ya que La Libertad como departamento, recién la impuso Bolívar en 1824, pero la identidad trujillana no se ha perdido. En el caso de Junín, la Intendencia de Tarma que se convirtió en el departamento de Tarma, luego fue Huaylas y Huánuco. En 1825, en honor a la batalla del 6 de agosto en las Pampas de Junín, se cambió el nombre del departamento de Huánuco por el de Junín. Posteriormente, Huánuco se convirtió en departamento y lo mismo sucedió con Pasco, quedando el nombre para las provincias de Yauli, Tarma, Jauja, Concepción, Huancayo, Chupaca en la sierra central y Chanchamayo y Satipo en la selva central. En esta región se mantienen las identidades provinciales de huancaíno, jaujino, tarmeño, chupaquino, concepcionino, por señalar las más conocidas por encima de una identidad regional.

Esto es importante. El cambio de nombre no ha pasado desapercibido en los pobladores de toda la región y nadie rechaza su condición de ayacuchano, que la diferencia de los pobladores de las regiones de Junín y de La Libertad, que al igual que Ayacucho, sus nombres procedentes de la colonia y en uso en los primeros años de la república fueron reemplazados por el Libertador Simón Bolívar.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *